(506) 2283-8848 Cedros de Montes de Oca. San José, Costa Rica

Por Hanzel Zúñiga Valerio

Aquel día al atardecer les dijo: —Pasemos a la otra orilla. Ellos despidieron a la gente y lo recogieron en la barca tal como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó un viento huracanado, las olas rompían contra la barca que se estaba llenando de agua. Él dormía en la popa sobre un cojín. Lo despertaron y le dijeron: —Maestro, ¿no te importa que muramos? Se levantó, increpó al viento y ordenó al lago: —¡Calla, enmudece! El viento cesó y sobrevino una gran calma. Y les dijo: —¿Por qué son tan cobardes? ¿Aún no tienen fe? Llenos de miedo se decían unos a otros: —¿Quién es éste, que hasta el viento y el lago le obedecen?

Este evangelio no puede ser entendido si no vemos las escenas anteriores: Marcos nos presenta a Jesús predicándole a una gran multitud, ha pedido subirse en una de las tantas barcas que están a la orilla del mar de Galilea para no ser estrujado, desde ese ambón marítimo dirige su predicación. Al finalizar esta, “llegando el atardecer”, es decir, llegando la oscuridad, quiere entrar en la intimidad de su círculo de amigos, alejarse del bullicio, y con ellos “cruzar a la otra orilla” para pasar a un nuevo día. Los discípulos saben que en la otra orilla del lago Tiberíades está el territorio pagano de la Decápolis. Un país diferente y extraño. Una cultura hostil a su religión y creencias. Pero igualmente Jesús da la orden de hacerlo, a partir de ahí, Jesús es el único responsable de lo que ocurra.

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